Siete semanas después de Pascua

Pentecostés

Pentecostés llega cincuenta días después de la Pascua, siempre en domingo, y su nombre viene de una palabra griega que significa quincuagésimo. Recuerda el día en que el Espíritu Santo bajó sobre los primeros discípulos de Jesús, y la Iglesia lo llama su cumpleaños. En la Misa de ese día el sacerdote viste de rojo, el color del fuego. Antes de subir al cielo, Jesús prometió enviar al Espíritu y pidió a sus amigos que lo esperaran en Jerusalén. Conocemos mejor al Espíritu Santo en la lección con san Juan de la Cruz. Hoy miramos el día en que llegó.

Los apóstoles esperaron y rezaron juntos, con María, la madre de Jesús, y con otros discípulos. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar, y de repente un ruido como de un viento fuerte llenó toda la casa. Algo como pequeñas llamas apareció y se posó sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo. La Iglesia enseña que el fuego es un signo del Espíritu, que calienta los corazones y los transforma. Entonces los apóstoles empezaron a hablar en otras lenguas.

Jerusalén estaba llena de visitantes de muchos países. Al oír el ruido se juntaron, y quedaron asombrados, porque cada uno oía a los apóstoles hablar en su propia lengua de las maravillas que Dios había hecho. Entonces Pedro se puso de pie junto con los otros once apóstoles. Pedro era el pescador que, la noche en que arrestaron a Jesús, había tenido tanto miedo que dijo que no lo conocía. Ahora habló en voz alta delante de todos: Jesús, que había muerto, había resucitado, y Dios lo había hecho Señor. La gente preguntó qué debía hacer, y Pedro les dijo que se bautizaran. Ese día se bautizaron unas tres mil personas.

El Espíritu no vino solo para aquellos primeros amigos. La Iglesia enseña que lo recibimos en el Bautismo, y otra vez de manera especial en la Confirmación, y que nos da dones que nos ayudan a amar a Dios y a los demás: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios, que es un asombro lleno de amor ante Dios. Sus frutos, como el amor, la alegría y la paz, se notan en la manera de vivir. Los primeros cristianos rezaban, compartían el pan y se cuidaban unos a otros, y la Iglesia empezó a crecer. Esto fue lo que Pedro dijo a la multitud, y es para todas las familias:

“Porque la promesa de este don es para vosotros y para vuestros hijos.”

Hechos 2, 39, Torres Amat

Para llevar a casa

En la cena, cada uno dice una cosa en la que le gustaría que el Espíritu Santo lo ayude esta semana, como el valor, la paciencia o la amabilidad. Luego, si tienen una vela roja, enciéndanla y recen juntos el Gloria.

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